Por Marie-Monique Robin. Página 12. 30 de octubre de 2005. Desde 1957,
en plena batalla de Argel, llegan a Buenos Aires, con la mayor
discreción, dos especialistas franceses en la guerra revolucionaria:
los tenientes coroneles Patrice de Naurois y Pierre Badie. "Altamente
apreciada", su enseñanza es el preludio de un acuerdo secreto que será
firmado, en febrero de 1960, entre los gobiernos francés y argentino,
y que prevé la creación de una "misión permanente de asesores
militares franceses" en la Argentina.
Cuando llega el momento de firmar el acuerdo, Pierre Messmer acaba de
ser nombrado ministro de las Fuerzas Armadas. (...) Cuando lo
encuentro en París, el 16 de diciembre de 2002, es miembro de la
Academia Francesa y canciller del Instituto de Francia. A los ochenta
y siete años, esta figura de la política francesa conserva una memoria
a toda prueba. (...)
–¿Quién decidió enviar asesores militares franceses a la Argentina?
–Fue el propio general De Gaulle quien decidió que habría una misión,
a propuesta del ministro de Relaciones Exteriores. Dicho esto, hay que
añadir que ya antes de la Segunda Guerra Mundial las misiones
militares francesas a América del Sur eran bastante numerosas. Había
una en Brasil, otras en Colombia, en Venezuela. Era una tradición.
Estados Unidos todavía no había puesto la mano sobre la instrucción y
la provisión de materiales a las Fuerzas Armadas sudamericanas. Pero
en 1960, yo creo que la Argentina estaba interesada sobre todo en la
experiencia de Francia precisamente en el área de la guerra
revolucionaria...
–¿Cuál era el perfil de los militares de la misión?
–En principio, el esfuerzo se dirigía a reclutar oficiales que
hablaran español, lo que limitaba las posibilidades de elección. Y
después, se elegía a aquellos que tenían una experiencia
correspondiente a lo que deseaban los argentinos. ¡No enviamos
especialistas en armas atómicas a la Argentina!
Dicho con palabras todavía más claras: se eligieron especialistas en
la guerra subversiva.
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–Usted sabe, señora, el problema es que aquí, en la Argentina, hay
curas comunistas... –me dice el joven cura originario de Toulouse, con
los brazos cruzados sobre su sotana negra, mientras a su lado el
seminarista argentino asiente con la cabeza.
–¿En serio?
–¡Sí! ¿Y cómo cree usted que se puede salvar el alma de un cura comunista?
–Rezando por él –arriesgué, presintiendo que no era la respuesta correcta...
–¡Si con eso fuera suficiente! No, el único medio de salvar el alma de
un cura comunista es matándolo.
La escena ocurre en La Reja, a unos cincuenta kilómetros de Buenos
Aires, el domingo 23 de marzo de 2003, justo después de la misa... Es
aquí, en el corazón de un parque muy verde, donde la Fraternidad San
Pío X del difunto monseñor Marcel Lefebvre hizo construir un magnífico
convento de estilo neocolonial español, con paredes de piedra y techo
de tejas, inaugurado en 2000 en presencia de un grupo de generales y
del embajador de Francia. (...)
A decir verdad, no sorprende que el líder de los opositores a las
reformas del Concilio Vaticano II haya buscado implantarse en la
Argentina. El 29 de agosto de 1976, cinco meses después del golpe de
Estado que llevó al poder al general Videla, monseñor Lefebvre
organiza en Lille un gran oficio en latín en el que participan unos
5000 católicos integristas. En su homilía, que alimentará la crónica
internacional, denuncia, entremezcladamente, a la misa de Pablo VI, a
la francmasonería, al laicismo del Estado y a los enemigos de la
monarquía social de Cristo, y se entrega a una apología del franquismo
y de los regímenes militares sudamericanos, en especial de la reciente
dictadura argentina: "No es sino con orden, justicia, paz en la
sociedad, que la economía puede volver a florecer. Lo vemos
claramente. Tomen la imagen de la República Argentina. ¿En qué estado
estaba hace apenas dos o tres meses? Una anarquía completa, bandidos
matando a diestra y siniestra, las industrias completamente en ruinas,
los dueños de las fábricas encerrados y tomados de rehenes, una
revolución inverosímil. (...) Llega un gobierno de orden, que tiene
principios, que tiene autoridad, que pone un poco de orden en todo
esto, que impide que los bandidos maten a los otros, y así vemos que
la economía reflota, y que los obreros tienen trabajo y que pueden
volver a sus casas sabiendo que no van a ser apaleados por alguien que
quiera hacerlos participar en una huelga que ellos no desean".
Después de este acto de lealtad incondicional, mientras en París sus
partidarios ocupan la iglesia de Saint-Nicolas-du-Chardonnet, monseñor
Lefebvre efectúa en 1977 su primer viaje a la Argentina, en plena
dictadura militar. Se cuenta que fue recibido por el general Videla en
persona, reputado como un integrista acérrimo, pero que oficialmente
nada se filtró, pues el dictador prefería no ser visto junto a un
obispo en ruptura con el Vaticano. El fundador del seminario suizo de
Ecône supo aprovechar sus contactos en la jerarquía militar y
eclesiástica: cuando en 1988 fue excomulgado por haber ordenado a
cuatro obispos, entre ellos un argentino, pudo jactarse de haber
abierto en la Argentina cuatro conventos y dos iglesias.
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Todo sonrisas, el hombre abrió la puerta de su domicilio y, desde lo
alto de su metro noventa, se inclinó hacia mí para saludarme. Apenas
pude reprimir un gesto de rechazo y, farfullando, le agradecí el
haberme recibido. "Mi abogado no quería que me encontrara con usted
–me dice–, pero nuestra conversación telefónica me convenció de su
buena fe..."
De este modo Reynaldo Benito Bignone, el último dictador argentino,
que estuvo a la cabeza de la junta militar en 1982, creyó realmente
que yo era una historiadora de la extrema derecha. Asombroso de parte
de un especialista en inteligencia, que confiesa además pasar mucho
tiempo en Internet desde que está "en prisión"... De hecho, condenado
en 1984 por haber participado en la desaparición de varias personas,
el general Bignone finalmente había resultado beneficiado por la ley
de amnistía de 1987. Pero en 1999 la historia vuelve a atraparlo. El
21 de enero, "el día de sus setenta y un años", es detenido
provisoriamente: un juez federal lo acusa de haber dirigido la
"sustracción, retención y sustitución de estado civil" de doscientos
menores arrancados a sus madres martirizadas. (...)
–¿Cómo era la reputación de los franceses?
–A partir de Napoleón, excelente. A tal punto que en la Argentina el
que salía primero de su promoción en la Escuela de Guerra iba a París.
¡Era verdaderamente un privilegio! El segundo iba a España, y el
número tres a Alemania. ¡Así fue como yo llegué a España! Habría
preferido ir a Francia, que era verdaderamente la cuna de la teoría de
la guerra revolucionaria...
–En el dominio de la guerra antisubversiva, ¿la influencia de los
franceses fue superior a la de los norteamericanos?
–¡Sin ninguna duda! A principio de los años '60, momento en que todos
nosotros estudiamos, los norteamericanos no tenían una doctrina de
este tipo, y sobre todo no poseían experiencia. Después, tuvieron la
Escuela de las Américas, pero entretanto nosotros ya habíamos
redactado nuestros propios reglamentos militares para luchar contra la
subversión. (...)
–General, francamente, ¿la utilización de la tortura nunca le planteó
problemas morales?
–En relación con este tema, voy a contarle una sola anécdota: en marzo
de 1977 yo era secretario general del Ejército y había desayunado con
tres obispos para hablar de estas cuestiones. Les dije, pongamos un
ejemplo: en tanto representante del Estado argentino, recibo entre mis
manos al señor Juan Pérez, un subversivo, que sabe dónde se encuentra
una jovencita que la subversión acaba de secuestrar. ¿Hasta dónde
llega mi poder para que este señor me diga dónde está la señorita que
tengo el deber de salvar? Es una pregunta difícil, me dijeron al
unísono los tres obispos. El más viejo, que está hoy muerto, me
contestó: "Voy a intentar responder. Yo creo que su poder se detiene
en el momento en que este hombre pierde el conocimiento...".
Y el general se agita, y mueve el aire con sus brazos: "Hoy todo el
mundo protesta contra Videla, Pinochet, pero una cosa es segura:
nosotros vencimos a la subversión. ¡Ganamos la batalla militar, pero
perdimos la batalla política, como los franceses en Argelia! Nuestro
gran error fue haber aceptado la noción de 'guerra sucia', porque
ninguna guerra es limpia: en todas las guerras hay inocentes que
mueren. Y estoy persuadido de que el 'Proceso de Reorganización
Nacional' provocó menos muertos que los de una guerra clásica...".
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El 13 de mayo de 2003, el general Díaz Bessone me recibe en su oficina
del Círculo Militar, una prestigiosa residencia construida por un
arquitecto francés, a la que le dicen "Versalles". Hace dos años era
él quien presidía este refinado establecimiento, dotado, entre otras
cosas, de infraestructura hotelera, de una sala de conciertos y de una
piscina donde el general Bignone venía a nadar dos veces por semana,
con permiso especial del juez. (...)
Lo que ignora entonces el general Díaz Bessone –y también yo, que no
esperaba tales confesiones– es que las palabras que pronunciaría
frente a mí cámara iban a provocar, algunos meses más tarde, una
verdadera tempestad mediática en la Argentina, que traería como
consecuencia su comparecencia ante un consejo de guerra reunido para
examinar su destitución del Ejército... Mientras que el cameraman
filma al viejo militar, que deambula con la rigidez de un príncipe
entre las lujosas paredes de su palacio, Leticia, su segunda esposa,
se afana por mostrarme fotos de atentados cometidos por los
guerrilleros: "Usted sabe –me dice ella–, las mujeres de la guerrilla
no tenían ninguna moral. Cuando entraban en una célula revolucionaria,
se acostaban con todos los hombres de la célula, para mostrar que
rechazaban todo orden burgués. Evidentemente quedaban embarazadas, y
utilizaban su estado para ejecutar misiones terroristas más
fácilmente. En el quinto mes de embarazo, tomaban una aguja y se la
metían en el vientre para abortar...".
Entretanto, Díaz Bessone ya se ha instalado en su oficina, ante un
crucifijo de madera. A su derecha, sobre una chimenea, reina una
estatua de bronce de Napoleón coronada por un espejo monumental... La
entrevista comienza por la buena y vieja pregunta acerca de la
influencia de los franceses, que, como un verdadero ábrete sésamo, me
facilita el acceso a las confidencias... (...)
–¿Qué le enseñaron los franceses?
–Lo principal que nos enseñaron es que para luchar contra una agresión
revolucionaria o subversiva, hay que tener un buen aparato de
inteligencia; de lo contrario no se puede hacer nada contra un enemigo
que no lleva uniforme y que por lo tanto es imposible de identificar.
El subversivo puede disfrazarse de campesino, de hombre de la calle,
¡e incluso de cura! Y está en todas partes: puede ser dueño de un
comercio, tomar clases en la facultad o en un colegio, puede ser
maestro, médico, abogado, ingeniero u obrero... El problema es que en
este tipo de guerra no hay diferencias entre los beligerantes y la
población civil, y así se pueden cometer errores. Nosotros teníamos
amigos que pensaban que sus hijos eran irreprochables. De hecho, no
sabían que en la universidad habían sido contactados por la guerrilla
y que ocultaban armas en sus propias casas. Así es como se detiene
gente por error, a la que se interroga, cuando no tiene nada que
ver... No es por nada que se habla de guerra sucia...
"En todo caso, gracias a las enseñanzas que recibimos sobre la guerra
revolucionaria argelina pudimos llevar adelante nuestra propia guerra
en la Argentina. Con una gran diferencia, sin embargo: después de la
independencia de Argelia, los antiguos enemigos fueron separados, unos
en Argelia y otros en Francia. Con el tiempo, es más fácil dar vuelta
la página. Pero aquí fue una guerra interior, con características de
guerra civil; y una vez terminada la guerra, uno se puede cruzar a sus
antiguos enemigos en la calle, o verlos que ocupan puestos
importantes, convertidos en gerentes de empresas. Eso no facilita la
reconciliación... (...)
–Hoy se sabe que hubo 3000 desaparecidos en Argelia. ¿Cuántos hubo en
la Argentina?
–Uh, es un tema del que no me gusta mucho hablar, si no van a acusarme
de hacer apología del crimen, y me van a meter un juicio... ¡Algunos
hablan de 30.000, pero es propaganda! La famosa comisión contó 7000 u
8000. ¡Pero en esa cifra hay algunos que fueron encontrados en ocasión
del terremoto de México! Otros murieron en combate y no se los pudo
identificar, porque con frecuencia los guerrilleros destruían sus
huellas digitales con ácido... En toda guerra hay daños colaterales.
En la guerra clásica, son civiles que mueren por las bombas...
–¿Los desaparecidos son daños colaterales de la guerra antisubversiva?
–Sí, es eso.
–General, le agradezco.
Oficialmente, la entrevista ha terminado. Le pido al general Díaz
Bessone autorización para filmar la decoración de su oficina y,
especialmente la estatua de Napoleón frente al espejo, donde no sabe
que su imagen se refleja. Al pensar que ya no está siendo grabado, se
relaja, para aparecer, por fin, tal cual es: "¿Cómo quiere usted
obtener informaciones si no sacude, si no tortura?", se enoja,
golpeando sobre su escritorio. "Por otra parte, a propósito de los
desaparecidos, digamos que hubo 7000, no creo que haya habido 7000,
pero bueno, ¿qué quería que hiciéramos? ¿Usted cree que se pueden
fusilar 7000 personas? Si hubiésemos fusilado tres, el Papa nos habría
caído encima como lo hizo con Franco. ¡El mundo entero nos habría
caído encima! ¿Qué podíamos hacer? ¿Meterlos en la cárcel? Y después
de que llegara el gobierno constitucional, serían liberados y
recomenzarían... Era una guerra interna, no contra un enemigo del otro
lado de la frontera. ¡Ellos están listos para retomar las armas para
matar en la primera ocasión!".